Todo lo que he aprendido sobre el muro del maratón
El kilómetro 32 de mi primer maratón fue uno de los momentos más extraños que he vivido corriendo. No fue un dolor agudo ni una lesión — fue como si alguien hubiera apagado el interruptor. De correr a arrastrar los pies en cuestión de dos kilómetros.
Las piernas pesaban el doble. Cada zancada requireía un esfuerzo consciente. La mente empezaba a buscar excusas para parar: "ya has llegado muy lejos", "no pasa nada si caminas un poco", "la próxima vez lo harás mejor". Es el momento en que el maratón se convierte en algo completamente diferente a una carrera.
El muro no es un mito ni una debilidad mental — es una realidad fisiológica. El cuerpo almacena glucogéno (azúcar) en los músculos y el hígado. Esa reserva, bien gestionada, dura aproximadamente 30-35 km en un maratón. Cuando se agota, el cuerpo tiene que cambiar de combustible y pasar a quemar grasas.
El problema es que metabolizar grasas es un proceso mucho más lento que quemar glucogéno. El rendimiento cae bruscamente. Las piernas se vuelven de plomo. Y si has salido demasiado rápido en los primeros kilómetros — como hice yo — el glucogéno se agota antes, y el muro llega antes.
He chocado con el muro en varios maratones. Y he aprendido a llegar al kilómetro 35 con piernas. Estas son las estrategias que realmente me han funcionado:
Incluso con todo lo anterior bien hecho, los kilómetros 30-35 de un maratón son duros. No hay forma de eliminar completamente la incomodidad. Pero se puede gestionar.
Lo que más me ha ayudado es dividir mentalmente la carrera. No pienso en "me quedan 12 km". Pienso en "llego al siguiente kilómetro". Uno a uno. Cuando llego al 33, me digo: "ya solo es un 5K". Cuando llego al 37, "ya solo es una vuelta a la manzana grande".
El maratón no se corre con las piernas. Se corre con la cabeza. Las piernas ejecutan lo que la cabeza decide. Y en el kilómetro 32, la cabeza tiene que decidir que sigue adelante.
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